The Gunner

Monday, September 03, 2007

El color de las mandarinas

En la casa de mi infancia, había árboles frutales. De algunos no me acuerdo e incluso tengo representaciones extrañas… ¿Quién comería algo llamado "caqui"?, fruta de la que al parecer mi devoción por comerla caída del árbol, sucia, con moscas y probablemente "pasadita", llevó a mi padre a cortar el árbol ya que no se podían cortar tan fácilmente mis subsiguientes diarreas.

De otros árboles sí me acuerdo: un ciruelo de grandes, dulces y jugosas ciruelas amarillas, de un sabor que intenté reencontrar ya adulto y jamás pude, un níspero, que me encontró muchas tardes perdido en sus ramas más altas, observando el barrio desde arriba (y ocasionalmente escupiéndole carozos a la gente), y un árbol de mandarinas del que no conocí el color de su fruta madura hasta después de un incidente.

Solía atacar el árbol apenas las mandarinas comenzaban a cambiar de color… Yo sabía que debía esperar, pero no podía. Mis padres me lo repetían, con la resignación de las causas perdidas, pero como yo ya era más grande y con mejor resistencia gástrica, el mandarino no corrió la suerte del infortunado caqui.

La ocasión que marcó un antes y un después en mi percepción del color de las mandarinas, se debió al aumento de una destreza que había adquirido recientemente: allá por mis diez años, había logrado manejar mi bicicleta "sin manos" y me mostraba cada vez más osado.

Ese día al salir de casa, al pasar por el árbol tomé dos mandarinas (verdeamarillas, claro) y montado en la bicicleta, encaré la bajada de la vereda con mis manos ocupadas en pelar una de ellas. Por supuesto: me caí de cara, rodé por el asfalto y rodaron conmigo también mi orgullo, algunas monedas sueltas y mis mandarinas…

Tardé un tiempo prolongado en retomar mis acrobacias en la bicicleta, pero ya nunca pude recuperar mi gusto por las mandarinas, que desde ese día, maduraron alegremente en el árbol frente a mi recelosa indiferencia…